Hoy en día ya no solo recibimos imágenes; convivimos con sistemas que las seleccionan, las personalizan, las generan y, en algunos casos, anticipan qué queremos ver.
La imagen atraviesa a la persona, a la sociedad y a la cultura como una de las formas más poderosas de comunicación. Pero en 2026 ya no alcanza con pensar la imagen como aquello que aparece frente a nuestros ojos. La imagen contemporánea es, además, un dato, una experiencia, una mercancía, una construcción algorítmica y, cada vez con mayor frecuencia, una creación artificial.
Durante décadas, la televisión modificó las formas de percibir, comprender y representar el mundo. Hoy ese proceso se multiplicó. La pantalla dejó de ser un aparato situado en un espacio determinado para convertirse en un entorno permanente: está en el teléfono, en la computadora, en el automóvil, en los dispositivos de realidad aumentada, en las plataformas educativas y en los sistemas de inteligencia artificial que responden, recomiendan, producen imágenes y organizan información.
La diferencia fundamental es que ya no estamos solamente frente a una pantalla que nos muestra algo. Estamos dentro de un sistema que decide, en buena medida, qué imagen llega hasta nosotros.
Los algoritmos de recomendación seleccionan videos, fotografías, noticias y contenidos en función de nuestros comportamientos anteriores. La inteligencia artificial puede generar imágenes, modificar rostros, reconstruir voces, producir videos, crear personajes inexistentes y elaborar escenas que nunca ocurrieron. La frontera entre registro y representación, entre documento y ficción, entre experiencia y simulación, se vuelve progresivamente más difícil de establecer.
Por eso, hablar hoy de la imagen como símbolo cultural implica hablar también de quién la produce, quién la distribuye, quién la selecciona, con qué datos fue construida, qué intereses intervienen en su circulación y qué emociones intenta provocar.
La imagen continúa siendo un puente privilegiado entre emoción y palabra. No necesariamente ingresa a nuestra interioridad siguiendo el camino de la razón. Muchas veces llega primero a través de la percepción, la identificación, el deseo, el miedo, la sorpresa o el placer, y recién después aparece la explicación racional.
Una imagen puede producir una reacción antes de que podamos elaborar conscientemente aquello que estamos viendo.
Ese fenómeno adquiere una dimensión nueva en las plataformas digitales. El contenido que provoca una reacción intensa —risa, indignación, miedo, ternura, deseo, sorpresa— tiene mayores posibilidades de ser compartido, comentado y recomendado. La emoción, entonces, deja de ser solamente una consecuencia de la comunicación: se convierte también en un mecanismo de circulación de la comunicación.
En este nuevo escenario, la lógica emocional convive con una lógica algorítmica.
El usuario cree elegir qué mirar, pero esa elección se produce dentro de un universo previamente organizado por sistemas que aprenden de sus comportamientos. Cada clic, pausa, desplazamiento, búsqueda, comentario o permanencia frente a una pantalla puede convertirse en información para nuevas recomendaciones.
De este modo, la comunicación contemporánea no funciona únicamente mediante el modelo tradicional de emisor, mensaje y receptor. El proceso se ha transformado en un circuito dinámico:
persona → contenido → algoritmo → recomendación → reacción → nuevo contenido → nueva recomendación.
La persona no solo recibe mensajes. También alimenta el sistema que posteriormente decidirá qué mensajes recibirá.
La aparición de la inteligencia artificial generativa profundiza todavía más esta transformación. Antes, gran parte de nuestra relación con la imagen consistía en interpretar imágenes producidas por otros. Hoy podemos pedirle a una máquina que produzca una imagen que nunca existió, una persona que nunca vivió, una escena que jamás ocurrió o una fotografía de apariencia documental completamente ficticia.
Esto obliga a incorporar una nueva pregunta educativa:
¿Cómo enseñamos a interpretar una imagen cuando ya no podemos asumir que aquello que vemos ocurrió realmente?
La alfabetización visual del siglo XXI debe convertirse necesariamente en alfabetización mediática, digital, algorítmica y en inteligencia artificial.
No alcanza con saber leer una fotografía. Es necesario aprender a preguntarse:
¿Quién creó esta imagen?
¿Con qué propósito?
¿Qué emociones intenta provocar?
¿Quién decidió que yo la viera?
¿Por qué apareció precisamente en este momento?
¿Fue capturada, editada o generada artificialmente?
¿Qué información acompaña a la imagen?
¿Qué información falta?
¿Puedo verificar su origen?
¿Estoy frente a un documento, una interpretación, una publicidad, una manipulación o una producción sintética?
Estas preguntas ya no son accesorias. Forman parte de las nuevas competencias necesarias para comprender la cultura contemporánea.
La inteligencia artificial ofrece enormes posibilidades educativas. Puede personalizar explicaciones, facilitar el acceso a determinados conocimientos, generar materiales, traducir, adaptar contenidos y abrir nuevas formas de creación. Pero también puede producir información falsa con apariencia de verdad, reproducir sesgos, manipular imágenes y generar contenidos capaces de influir en las percepciones y decisiones de quienes los consumen. UNICEF advierte precisamente sobre estos riesgos y sobre la creciente presencia de la IA en los entornos digitales de niños y adolescentes.
Por eso, el desafío educativo no consiste simplemente en incorporar tecnología al aula.
El desafío es enseñar a pensar dentro de un ecosistema tecnológico.
No se trata de enfrentar razón contra emoción, ni seres humanos contra máquinas. Se trata de comprender que ambas dimensiones forman parte de la experiencia comunicacional contemporánea.
El problema aparece cuando la emoción reemplaza completamente a la reflexión, cuando la velocidad reemplaza a la comprensión, cuando la recomendación algorítmica reemplaza la búsqueda, cuando la imagen reemplaza la experiencia y cuando la respuesta producida por una inteligencia artificial es aceptada como verdadera simplemente porque está bien escrita, bien diseñada o parece convincente.
En este contexto, niños y jóvenes no pueden ser considerados únicamente como receptores pasivos o víctimas de las imágenes. Son también productores culturales. Filman, editan, crean memes, producen videos, utilizan filtros, generan imágenes con IA, construyen identidades digitales, participan de comunidades y resignifican contenidos.
Por eso, la educación debe abandonar definitivamente la idea de que enseñar comunicación consiste solamente en proteger a los estudiantes de los medios.
Hay que enseñarles a participar críticamente en ellos.
La vulnerabilidad no depende únicamente de la edad. También depende de las herramientas culturales disponibles para interpretar aquello que se consume.
Un niño, un adolescente o un adulto que posee herramientas para cuestionar una imagen tiene una posición diferente frente a ella que quien solamente puede aceptarla o rechazarla emocionalmente.
En este punto aparece una responsabilidad central de la educación: recuperar el tiempo de la reflexión en una cultura organizada cada vez más alrededor de la velocidad.
El video breve enseña a condensar. Las redes enseñan a llamar la atención. Los algoritmos enseñan a repetir aquello que funciona. La inteligencia artificial enseña a producir rápidamente. Pero ninguna de estas tecnologías garantiza comprensión.
Producir más imágenes no significa comprender mejor las imágenes.
Tener acceso inmediato a información no significa poseer conocimiento.
Y recibir una respuesta instantánea no significa haber aprendido.
La escuela, la universidad y los espacios de formación tienen entonces una tarea que no puede delegarse en la tecnología: enseñar a detenerse, contrastar, contextualizar, preguntar, dudar y construir sentido.
La imagen sigue entrando por la ventana de nuestra interioridad, como señalaba la tradición de los estudios sobre comunicación audiovisual. Pero aquella ventana cambió.
Ahora tiene algoritmos.
Tiene publicidad personalizada.
Tiene inteligencia artificial.
Tiene filtros.
Tiene realidad aumentada.
Tiene influencers y personajes virtuales.
Tiene contenidos sintéticos.
Y, sobre todo, tiene una capacidad inédita para aprender de quien la mira.
Por eso, la pregunta educativa de nuestro tiempo ya no debería ser solamente qué hacen las imágenes con nosotros, sino también:
¿qué hacemos nosotros con las imágenes que consumimos, producimos, compartimos y dejamos que los algoritmos produzcan para nosotros?
Porque en la cultura digital contemporánea, mirar también es participar.
Compartir también es producir.
Elegir también es alimentar un algoritmo.
Y crear una imagen también puede significar crear una realidad cultural.
La educación tiene, frente a este escenario, una responsabilidad enorme: formar personas capaces de emocionarse sin ser manipuladas, utilizar tecnología sin quedar subordinadas a ella, aprovechar la inteligencia artificial sin renunciar al pensamiento propio y mirar una imagen no solamente para preguntarse si les gusta, sino para comprender qué mundo está intentando construir delante de sus ojos.



